⛑ Rescate contra reloj en Génova⌛: “Si estamos cansados podemos cometer errores” 🚑

August 15, 2018

 

 
Todos en Génova miraban con temor al imponente viaducto Morandi, una mole de 90 metros de altura y más de un kilómetro de largo, incluso antes de que se desplomara y dejara al menos 37 muertos, tres de ellos menores de edad. Ahora dirigen la mirada hacia los escombros con recelo. “Tarde o temprano tenía que pasar algo. Siempre estaba en obras”, es el comentario más extendido en la ciudad durante las horas siguientes al derrumbe. Mientras crecen las dudas sobre la vulnerabilidad de la infraestructura y la sensación de que la catástrofe se podía haber evitados.
En torno al medio día llovía intensamente en Génova y decenas de automóviles cruzaban este armazón inmenso que coronaba la panorámica de la ciudad, cuando una parte de la estructura se vino abajo de repente, llevándose consigo unos 35 vehículos, según los cálculos de los bomberos.
En el Buranello decenas de voluntarios llevan pizza al centro y algo de pasta; reparten mantas —las temperaturas se desploman durante la noche y la humedad se dispara en la norteña Génova—, almohadas y ropa. También organizan traslados a otros centros de la ciudad donde aún tienen disponibilidad.
Filippo va a moverse a otro alojamiento, con la ayuda de los voluntarios. “Doy mi casa por perdida. No sé cuando podré volver a entrar en condiciones seguras”, dice mientras sujeta una bolsa con las que en el momento son todas sus pertenencias: dos pantalones y un par de camisas que cogió al vuelo antes de salir para pasar la noche.  

La primera hipótesis que se baraja es que la estructura del puente, una de las arterias neurálgicas de la región por la que transitan un gran número de personas y mercancías a diario cedió ante el peso de los vehículos. Mientras se esclarecen las causas, los equipos de rescate han continuado trabajando, por turnos y sin tregua durante toda la noche. “Es importante saber cuando parar. Si estamos cansados corremos el riesgo de cometer errores”, dice un voluntario de la Cruz Roja que prefiere no dar su nombre mientras prepara el relevo con el grupo siguiente y se despide hasta dentro de unas horas. Son las dos de la madrugada y el trabajo continúa a destajo.


Bomberos, voluntarios de protección civil y de la Cruz Roja y equipos de la unidad canina de los cuerpos de seguridad se organizan por turnos para rastrear entre los escombros y fijar la estructura para asegurarse de que no se produzcan nuevos derrumbes. La prioridad es encontrar a supervivientes bajo los escombros. Sin embargo, desafortunadamente lo que a menudo encuentran son víctimas. 

Al pie de las ruinas hay un equipo de psicólogos que durante el día ha atendido a heridos y familiares de víctimas y desaparecidos. También están ahí para prestar soporte a los equipos de rescate. No trabajan en condiciones sencillas y la noche es crítica, recuerdan. Todos elogian el trabajo del resto y juntos forman una cadena de salvamento precisa e impecable. “Los bomberos son unos auténticos héroes”, dice un voluntario de protección civil, también exhausto.
La ciudad de Génova, rodeada por el mar y los imponentes Apeninos es estrecha y alargada. Solo dos vías la cruzan de este a oeste: una era la autopista del viaducto y la otra es una carretera nacional llena de semáforos. 

“Cuando llegue septiembre las comunicaciones en la ciudad van a ser insostenibles”, dice Luigi Gattaleschi, taxista de la ciudad, que como la mayoría de los genoveses pasaba varias veces al día por el puente Morandi “y siempre con bastante respeto”.
Fuente: El País 

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